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Marton, que aún no ha cumplido el cuarto de siglo, disfruta (y nos hace disfrutar también) del autorretrato como forma de catarsis. Poniéndose a sí mismo en las situaciones en las que pone a sus modelos deja de lado el poder dominante del fotógrafo.
Esta mexcla de narcisismo y exhibicionismo se traduce en una serie de retratos en los que Marton enseña sus muy bien puestos atributos a todo el que quiera mirar, uniendo en su persona la dominación y la sumisión, creando una nueva forma de entender la relación entre modelo y fotógrafo.