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A partir de mediados del siglo XIX, se hicieron intentos conscientes de recrear una vida familiar estable entre las clases trabajadoras. Aquellos que lo dirigían se dieron cuenta de que la familia era la mejor manera de asegurarse una aportación constante de mano de obra con un coste mínimo.
La simple existencia de lesbianas pone en tela de juicio este control, por ello desde la Psicología el lesbianismo se comenzó a clasificar como una perversión patológica, junto con otras como el sadomasoquismo, el exhibicionismo, la zoofilia o la pedofilia.
Asimismo se describió a la lesbiana como una mujer masculinizada, dando lugar a un estereotipo que, si coincidía con algunas, dejaba al margen a otras muchas.