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Es una pena que sólo dos años después de convertirse en el ganador más joven de la Copa Davis, la reciente derrota del mallorquín le haya traído la pérdida de su quinto título de la temporada, el fin de la racha de victorias consecutivas sobre tierra batida -que ascendía a 81- y el respeto de otros tenistas, que ahora verán menos dificultoso zamparse la moral del manacorí.
La explicación de este drama en potencia, que esperemos no alimentemos también los medios de comunicación, es que muchas de nuestras figuras deportivas sufren el acoso y la presión de ser las únicas que despuntan en cada disciplina, y por consiguiente, sean las únicas que "existen". España nunca ha tenido una infraestructura deportiva capaz de hacer madurar una estrella atlética cada temporada y para hacerlo tendría que confiar menos en los deportes de elite. Así es normal que prodigios como Nadal, Alonso o Pedrosa, cada vez nos duren menos, ya que los quema su propio fenómeno promocional.