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Hasta el primer cuarto del siglo XX, el caniche era un perro muy elitista, de disfrute exclusivo por parte de los miembros de las altas esferas. Quizá es por eso que el universo caniche siempre ha sido sinónimo de exquisitez y refinamiento.
Su pelaje rizado y largo ha dado lugar, en ocasiones, al bizarrismo. La mímesis con el dueño (normalmente, la dueña) debido a que el caniche es despierto, cariñoso, familiar y sobre todo ofrece amplísimas posibilidades estéticas, a veces roza la locura.
En la foto, Yogurinha Borova.