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Líos o no, lo cierto es que la vida de Mischa es una continua montaña rusa.
A sus deslices bisexuales hay que sumarle que cada vez que le ponen una copa en la mano se transforma y poco o nada queda de la niña recatada y fina de la que siempre ha presumido. Y para comprobarlo sólo hay que ver el antes y el después de que el alcohol empiece a fluir por sus venas.
Si está claro que no a todo el mundo le sientan bien las bebidas con "gas".