¡Secretos de la dieta gay! (Porque los gays no engordan)

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Ya es verano. Hay que ponerse el traje de baño y el bikini para ir a la playa o la piscina. Las fiestas del Orgullo están al caer. Y entonces surgen las preguntas: ¿por qué los gayers no engordan y tú sí? ¿Qué tipo de comida produce esos cuerpos estilizados? ¿Hay alimentos homosexuales y heterosexuales? ¿Y qué ocurre con las lesbianas? Las respuestas a estas y otras cuestiones la puedes encontrar en Gay men don’t get fat (Los gays no engordan), de Simon Doonan, una de las lecturas más divertidas que ha pasado por mi mesilla en los últimos tiempos.

Armado con una pluma muy grande y una notable capacidad de observación de la realidad, el escritor, estilista y escaparatista británico afincado en Nueva York disecciona muchos de los clichés asociados a los gays. Y lo hace a través de su propias experiencias como miembro del colectivo, riéndose de los homos, los heteros y, sobre todo, de sí mismo.

El libro toma su título de la admiración que despierta en Estados Unidos el hecho de que las francesas no engorden a pesar de comer toda clase de brutalidades cargadas de grasa (queso, embutidos, paté), y lo lleva al mundo de los invertidos (no pidáis mi cabeza por esta expresión tan viejuna y políticamente incorrecta, que es ironía).

Doonan explica con mucha retranca cómo el estilo de vida gay y sus particulares obsesiones -la preocupación por la apariencia, el dominio de las cuestiones de estilo o la afición desmedida por el ejercicio físico- ayudan no sólo a conservar la línea, sino a lucir y sentirse fabuloso.

Especialmente hilarante resulta el capítulo titulado ¡Los macarons son tan gays!, en el que explica cómo las comidas se dividen en homo y heterosexuales. “Las comidas straight son básicas y sin artificios. Las gays son difíciles y rebuscadas. Las comidas straight son oscuras de tono. Las gays son coloridas y chillonas. Las comidas straight suelen ser ricas en proteína.

Las gays son bonitas de mirar, pero pueden contener poco o nada de proteína”. Traducido: un chuletón con patatas fritas no entiende, mientras que una ensalada de brotes tiernos con granada, calabaza glaseada, tomatitos cherry y aliño de mostaza y wasabi, entiende más que Boris Izaguirre y el Caballero de las Flores juntos.

Según Doonan, el sushi es la comida más gay de la Tierra, mientras que la mexicana es “increíblemente macho”. En el caso de la italiana, depende de los platos: la pizza y la pasta son heterosexuales, pero el helado es gay -“Straciatella debe de ser el nombre de una drag queen de Puglia“- y los postres, dulces y cremosos, “demasiado gays para este gay”.

De forma brillante, el estilista señala que los platos más gays estan hechos por las personas más heterosexuales: “Si te sirven un aperitivo de vieiras braseadas con mango flotando en una tapenade de micro-pepinos y guarnecida con un rollito de mollejas en fricassé y quenelles de ovarios de oso hormiguero con costra de hierbas, puedes apostar hasta tu último dólar a que un gran macho heterosexual lo ha cocinado. Ningún chef gay que se respete a sí mismo podría haber parido algo tan embarazosamente gay”.

Para apoyar su tesis, Doonan examina “la innovación más horrorosamente gay” de la gastronomía reciente: las espumas. ¿Quién las inventó? “Un tío hetero español llamado Ferran Adrià“. “Ningún chef homo se habría puesto a sí mismo en la posición de que alguien le dijera: ‘Espera. Sé que vosotros los gays tenéis mucho sexo, ¿pero era absolutamente necesario correrse encima de mi risotto?’. Sólo un tío hetero habría tenido los huevos de eyacular en tu comida”. Acto seguido, califica los ejercicios de laboratorio de la llamada gastronomía molecular como “siniestros y futuristas”, y los compara con el Dr. No: “Ambiciones maníacas de dominar el mundo (hetero), pero con un amanerado gato persa en brazos (muy gay)”.

Tras quedarse a gusto burlándose de los excesos de la cocina rebuscada, el británico recomienda menús equilibrados para una vida sana: para desayunar, arándanos (gay) con All-Bran (hetero); para comer, ensaladas que mezclen ingredientes gays (croutons, guisantes, rúcola) con otros heteros (dados de pollo, tacos de feta, aceitunas); y para cenar, alternar por días lo gay (suprema de salmón con verduras en juliana) con lo súperhetero (pollo asado con arroz y brócoli). Según Doonan, los hombres heterosexuales engordan cuando se alimentan sólo de comidas straight. Los gays no engordan porque ingieren una mezcla de las dos. “Es así de simple”.

El británico dedica un memorable capítulo a las mujeres titulado Jamie Oliver es una lesbiana, en el que explora la relación entre lo sáfico y el ensalzamiento de valores como la ecología, la sostenibilidad o la autenticidad en la comida. “Lo lésbico trae a la mente kumquats orgánicos, restaurantes con mesas rústicas comunitarias, nabos de proximidad y pepinillos recogidos a mano”, escribe. “Lésbico significa todo lo que es de corazón, integral y honesto”. Loonan apuesta a que un aceite de oliva ecológico lésbico sería todo un éxito en el mercado, sin adornos “y con las etiquetas impresas a mano en linotipia con papel lésbico sin lejía y localmente reciclado”.

Es posible que los más gays (o no gays) más serios y concienciados vean este libro como una sarta de estereotipos, y lo acusen de favorecer la discriminación. Yo pienso que Gay men don’t get fat exagera rasgos comunes de manera voluntaria para resultar más cómico, con lo que logra arrancarte carcajadas, que no es poco.

Como persona inteligente que es, el autor no afirma que todos los hombres homosexuales coman lechuga o sean guapos, musculosos y apolíneos -él se reconoce como un ser minúsculo y escuchimizado-, ni que todas las lesbianas vayan en camión, vistan polares y lleven riñoneras (bueno, esto último sí). Doonan acierta y mucho al identificar ciertos códigos que, guste o no, están ahí, y que no pasa nada por reconocer. Aunque, todo hay que decirlo, se olvida de señalar al brunch como la comida más gay jamás inventada.